
Dicen que el pintor siempre encuentra su motivo. Una razón, un leitmotiv obsesivo que representar -de por vida-, que lo lleve a uno al éxtasis de su propia práctica, el punto álgido, casi alquímico de perfección y trascendencia.
En este reflejo detallista y concienzudo situamos al uruguayo José Gamarra (Tacuarembó, Uruguay, 1934). Habitual de los circuitos artísticos latinoamericanos y franceses1, su oficio de pintor se encuentra indeleble, embelesado con el topos pictórico que le conduce a representar, desde finales de los años sesenta y principios de los setenta2, el paisaje de la selva como un relato visual que trasciende su país natal para abrazar el mito continental.
Precisamente de esta idea deducimos que José Gamarra es un narrador, un cronista del tiempo y sus avatares, heredero de Pedro Figari y Joaquin Torres García, quienes constituyen la primera generación de artistas modernistas uruguayos. De ellos percibimos la lectura mistérica y poética; ese gesto de fusionar acción y entorno común en Figari es asumido por Gamarra3 de forma magistral, llevándolo a sus últimas consecuencias. Sin embargo, más allá del linaje pictórico, la pintura del tacuaremboense bebe de la lección temporal de la literatura hispanoamericana en obras como la clásica Cien años de soledad, el tótem literario que encumbró mundialmente a Gabriel García Marqués y situó el Boom latinoamericano en el Olimpo de las letras universales.
Un motivo obsesivo, selvático, entrañado en el devenir y que se enzarza con el lenguaje simbolista de Gamarra (visible en sus personajes, animales y máquinas), subyace a una manera lenta y meticulosa de concebir su obra, en la doble lectura de espectador y creador. Su pintura no busca solo capturar una realidad inerte: es capaz de renombrarla, haciéndola volver al sitio originario del que partió -tras las innegables pugnas imperialistas que desplazaron a Yemanyá por una Virgen caucásica- y retomando al poder de las leyendas, los mitos, los sabores, la guayaba. Es la selva la que envuelve entre misterio y misticismo la verdadera identidad que ensalza el uruguayo.
Acercándonos a su pintura (quizá con una mirada meramente superficial), nos reencontramos con un paraíso perdido de corte naïf, donde la ejecución pictórica de Gamarra se desliza entre lo bucólico, el silencio arcano, los sutiles toques de humor lúdico, una clara postura política y el otorgarle un don al espectador: el creerlo capaz de ser descubridor de una tierra que es, en ultima instancia, la patria intima y personal de Gamarra.
Con un trabajo encumbrado desde lo visceral, el ecologismo y el sueño, José Gamarra nos envuelve en su bruma -casi cinematográfica, de velo antiguo-, meciéndonos en un arcaico cuento litúrgico y quimérico en el que sentimos la caricia del sol y el aliento de la luna.
Lucía Gómez Lison
Historiadora del Arte y filóloga.
Directora de SIROCO MAG, y editora española.
1 Pues José Gamarra lleva residiendo en Paris más de seis décadas.
2 Aunque su trayectoria comienza ya en los en los años cuarenta.
3 Subrayado por el escritor y critico Edward Lucie-Smith en la monografía publicada por Heber Perdigon en torno a la obra de José Gamarra en 2021.




